PASAJE SEGUNDO
VOZ. - Es la noche víspera del día triunfal. Los capitales que estaban al mando del ejército cristiano, han sido llamados por el general para celebrar un decisivo Consejo.
La música que iba en fondo se ha desvanecido.
Conforme la Voz va citando los nombres de los distintos personajes,
éstos van saliendo a escena, pausada y majestuosamente, para reunirse todos ellos en el
centro, formando semicírculo.
VOZ. - Así acuden... Blasco, tenaz y constante líder de los Tercios de Daroca, paladín de la victoria de Valencia. -- Celadas, esforzado militar que, con sus hombres de Teruel, conoce amargamente lo sangriento de esta guerra. -- Maza, capitán de los Tercios de Calatayud, que tan excelente servicio prestan a la causa de la reconquista. -- D. Guillén, astuto guerrero, que tiene a su mando el ejército de Valencia... Y D. Vicente Belbis, el rey moro llamado Zery Abazety, que tomó su nombre cristiano al convertirse a la fe, poniendo su vida y sus hombres al servicio del Rey D. Jaime.
Quedan los cinco formando cuadro plástico.
Tras un breve silencio, los personajes cobran vida, e inician el
diálogo.
D. GUILLEN. - ¿Conocéis, acaso, el motivo de este
aviso tan inesperado?
BLASCO. - Nada hay inesperado en
tiempo de campaña, D. Guillén.
D. GUILLEN. - Me sorprende, lo
confieso, un Consejo de tal urgencia, precisamente en este momento de noche avanzada.
CELADAS. - Sabemos que nuestro
general piensa tomar una decisión de importancia.
D. GUILLEN. -¿Sabéis...?
CELADAS. - Al menos, lo suponemos.
MAZA. - Los últimos
acontecimientos aconsejan tal decisión.
D. GUILLEN, pone gesto de incomprensión.
D. VICENTE. - Por lo que observo, D. Guillén, no
estáis al tanto de las noticias.
BLASCO. - Vuestro turno de
vigilancia no os ha permitido conocer las últimas novedades.
D. GUILLEN. - Os ruego, Blasco...
Maza... D. Vicente... Os ruego un informe sobre lo sucedido.
MAZA. - Señor, nuestro general D.
Berenguer, ha recibido nuevas poco gratas para la situación. Sabed que...
D. VICENTE. - Disculpad, Maza.
Viene aquí D. Berenguer. El notificará lo que proceda.
D. BERENGUER. - Caballeros... Es grave el motivo del
requerimiento que os hice. El estado en que se encuentra nuestra posición, exige una
determinación inmediata. La tengo decidida, mas antes de llevarla a efecto, he querido
contar con vuestro consejo. (Pausa.) Cuando pusimos sitio al castillo de Chio, lo
hicimos con la esperanza de una próxima rendición de la morisca. Podíamos haber
asaltado la fortaleza con una seguridad absoluta de la victoria. Pero quisimos evitar que
la sangre se derramara. Con este fin, tendimos el cerco, para obligarles a una
capitulación honrosa que no tuviese el matiz trágico de la muerte. Ahora los puestos se
han cambiado. Ellos son los más numerosos, y quieren la guerra con la destrucción y la
sangre. Si no hay otra alternativa, sangre habrá. ¡La nuestra la primera!
LOS CINCO. - Contad con ella,
señor.
D. BERENGUER. - No hemos podido
evitar lo peor, a pesar de nuestro noble deseo. Nuestra misión era recuperar España para
el cristianismo; no hacer correr la sangre inútilmente. Pero si el enemigo esgrime las
armas y nos desafía, se encontrará con las nuestras, dispuestas siempre a defender
nuestra fe, nuestro suelo y nuestras vidas.
BLASCO. - Señor, comparto vuestra
heroica decisión.
MAZA y CELADAS. - Os seguimos
fielmente.
D. BERENGUER. - Esperaba esta
confirmación vuestra. Ello me alienta. Para exponer el plan que he trazado, he querido
contar con la presencia de nuestro Capellán, Mosén Mateo, con quien antes consulté mis
decisiones. Viene aquí ya, y es momento de que conozcamos en común el paso importante
que hemos de dar.
D. BERENGUER. - Mosén Mateo... Caballeros... Como
conocéis, no son gratas las noticias que en esta noche he de confesaros. Las últimas
referencias no anuncian que el enemigo infiel ha reunido un poderoso ejército, con más
de 30.000 hombres, dispuestos a cercarnos y caer sobre nosotros por sorpresa. Debemos, por
tanto, ganarles la acción. Cierto es que estamos en bajas condiciones; disponemos tan
sólo de unos 4.000 infantes y 40 jinetes, pero contamos con la ayuda Dios, que es el
mejor aliado que debemos llevar a la batalla. El propósito del Rey Zaén es atacar
nuestro campamento en el día de mañana; debemos dar nosotros la sorpresa, atacando en la
misma madrugada. Pocos son nuestros hombres, pero confortados en el espíritu por la causa
que nos lleva a la lucha, se centuplicarán para conseguir la victoria. Por lo tanto,
nuestro ataque será al amanecer. Mas si hemos de contar con la ayuda del Todopoderoso,
justo será que nos encomendemos a El antes de la contienda. Vos, Mosén Mateo, diréis al
punto del alba una Misa, ante todo nuestro ejército, para atraer el auxilio de Dios. Y
los soldados llevarán al Señor en sus pechos al iniciar la batalla.
M. MATEO. - Como dispongáis,
señor. Pero quiero advertiros que si la victoria ha de ser lograda por el tiempo, se
vería demorada, teniendo que hacer participar en la Comunión a todo el ejército. Contad
que son muchos soldados... calcular que ya estamos en la noche y se habrían de confesar
muchos de ellos.
MAZA. - Dice bien, Mosén Mateo.
Sería perder tiempo.
BLASCO. - No obstante, su
absolución puede disponerlos a todos para el momento de comulgar.
D. GUILLEN. - Opino como Maza. Son
muchos hombres y conviene ganar horas al día. La bendición de Dios venga con todos
nosotros, y reservamos la Comunión para el momento de elevar gracias
D. BERENGUER. - Como digáis,
caballeros. Pero mi deseo era que pudiesen participar de la presencia íntima del Señor,
que alentaría sus fuerzas.
M. MATEO. - Si me permitís,
señor...
D. BERENGUER. - Hablad, Mosén
Mateo.
M. MATEO. - Pienso que si vos, y
con vos los capitanes, representáis a todo el ejército y tomáis decisiones por todos
ellos, muy bien podríais también representarlos en el acto sublime de la Misa.
D. GUILLEN. - ¿Qué queréis
indicar?
M. MATEO. - Salvo mejor opinión,
que vosotros seis, en nombre de todos los soldados del ejército, recibáis al Señor en
la Comunión.
D. BERENGUER. - Acertada opinión,
Mosén Mateo.
LOS DEMAS. - Bien pensado.
BLASCO. - Ha sido una solución que
completa nuestros deseos.
D. BERENGUER. - Tomemos nuestro
acuerdo: al alborear, la Misa para que el Señor guíe a nuestro ejército. Nosotros seis
le recibiremos, para que ilumine nuestras órdenes. Seguidamente, daremos la señal de
ataque.
LOS CAPITANES. - Así se hará,
señor.
M. MATEO. - Y Dios no nos abandone
en nuestra noble empresa
Música de epílogo.
Los cinco capitanes, haciendo una reverenda, se alejan por puntos
distintos.
Solos ya, D. BERENGUER, besa la mano de M. MATEO, y desaparecen
lentamente de escena.
La música cobra vigor hasta su final, en que termina el pasaje
segundo.