EPISODIO SEGUNDO

PASAJE QUINTO

 

INDISPENSABLE

    Escenario lo más largo posible y suficientemente alto, con varios micrófonos para recoger la voz en cualquier plano.
    Dos plataformas un poco elevadas, en los laterales, y una de mayor altura en el Centro.
    Un primer término suficientemente ancho.
    Juego de luces --para noche y para día-- en cada sector y a lo largo del escenario.
    Focos de cono para el centro y los laterales.

COMPLEMENTARIO

    A ser posible, completar el escenario con apliques convenientes.
    Disponer de leves motivos simbólicos para colocar en las plataformas, de acuerdo con la escena que se represente en cada momento (la tienda de los capitanes, el campamento cristiano, una calle de un pueblo, un monte, etc.) teniendo en cuenta que estos motivos escénicos pueden colocarse suficientemente, ya que da tiempo para ello entre escena y escena en un mismo sector.
    La acción en la parte derecha de la escena con luz de día.
    Se encuentran D. BERENGUER, D. VICENTE, BLASCO, MAZA, CELADAS y D. GUILLEN, celebrando Consejo.

    D. BERENGUER. - No cabe duda alguna, que la victoria la debemos a la ayuda del Cielo.
    CELADAS. - Después del milagro, en el segundo ataque de la morisca, nuestros soldados estaban llenos de una misteriosa fuerza que arrasó al enemigo.
    BLASCO. - Nuestro mosén, les infundía gran ánimo desde lo alto del monte, mostrando los Corporales con las formas ensangrentadas, ¡el milagro que nos dio la victoria!
    D. BERENGUER. - Cierto es que la segunda batalla fue, para nuestro ejército, más alagüeña que la primera. Merced a ello, el castillo de Chio, es ya baluarte cristiano. Ya conocéis, caballeros, mis órdenes para la ocupación y defensa del nuevo territorio conquistado. Sólo nos resta ya poner esta nueva posesión a los pies de nuestro soberano.
    CELADAS. - Nuestro Rey D. Jaime sentirá inmenso gozo al conocer la nueva.
    GUILLEN. - Si lo deseáis, puedo ir yo a dar la grata noticia, como capitán que soy de los valencianos.
    D. BERENGUER. - Lo tengo pensado de otro modo. Se trata de un alto honor ser mensajero de la nueva a nuestro Rey. Todos habéis sido merecedores de tal distinción, por vuestro arrojo en la lucha. Mas quiero compensar con creces el servicio prestado en nuestra victoria por uno de nuestros más leales caballeros. Por intuición y estrategia de D. Vicente Belbis, estuvimos prevenidos del ataque moro. Por tanto, cedamos a él este privilegio.
    LOS CUATRO CAPITANES. - Bien pensado, señor.
    D. VICENTE. - Señor..., ¿por qué babéis puesto los ojos en mí? Más indigno que yo de tal honor, no lo hay en el ejército cristiano.
    D. BERENGUER. - Bien claro os mostráis, D. Vicente. Sois merecedor de este mensaje a nuestro Rey. Sed vos quien le lleve tan inmensa alegría. El triunfo y el milagro. Una satisfacción dada por boca de un árabe, complacerá más a D. Jaime. De esta manera, quiero que desaparezca para siempre el recuerdo de aquel Zery Abuzety, para que viva solamente el caballero cristiano D. Vicente Belbis.
    D. VICENTE. - (Emocionado.) ¡Mil gracias, por tanto honor! Sabed que siempre estaré en deuda con vos y con la generosidad de vuestros caballeros. Si me autorizáis, querría partir inmediatamente con mi grata noticia para D. Jaime, mi Rey y señor.
    D. BERENGUER. - Id con Dios, D. Vicente.

    Tras despedirse muy arrogante de todos, D. VICENTE sale por el lateral.

    D. BERENGUER. - Caballeros, justo es que seamos partícipes, con nuestros soldados, del descanso y la alegría que nos debemos por el triunfo.
    MAZA. - Triunfo, señor, que debemos a un suceso verdaderamente milagroso.
    CELADAS. - Señor, como recuerdo de esta victoria, os pido para Teruel la cesión de los Corporales.
    BLASCO. - De ninguna manera. Serán para Daroca.
    D. GUILLEN. - Caballeros; no esperéis otra cosa. El sagrado paño debe quedar en Valencia.
    MAZA. - A Calatayud es donde debe de ir.
    CELADAS. - Razonemos y midamos méritos. Recordad que Teruel ha sido la ciudad más cercana al dominio sarraceno, por cuyo motivo siempre estábamos en continua pelea con el infiel. Fuimos mil veces castigados más que cualquier otro. Gracias a la tenacidad de Teruel, la morisca no pudo avanzar a pueblos más lejanos para ampliar su poderío. Justificada está mi petición. ¡Los Corporales, para Teruel!
    D. GUILLEN. - No olvidéis que el hecho sucedió en territorio del reino de Valencia. Huelga toda discusión; lo que aquí sucedió aquí se quedará. ¡Valencia recibirá y honrará perpetuamente los Corporales!
    MAZA. - No opino lo mismo, caballeros. Calatayud es la mayor ciudad de todas. Aportó grandes riquezas a la lucha contra el infiel, y nunca ha regateado fuerzas para la reconquista. Nuestros Tercios han sido siempre los más poderosos. Como pago a tanta generosidad... ¡Calatayud debe recibir los Santos Corporales!
    BLASCO. - Si como trofeo de guerra tratáis a un milagro de Dios, tengo razones para reclamarlo para Daroca. El ser posible esta victoria fue por el triunfo logrado en la misma Valencia. Sin vencer en Valencia, no hubiéramos podido pretender el castillo de Chío. Por tanto, Valencia ha sido el camino de nuestra victoria. Y, decidme, ¿quién conquistó Valencia? ¡Los Tercios de Daroca! Ellos fueron quieres pusieron antes que ningún otro ejército, su triunfante bandera en las torres de Serrano. Nuestro soberano D. Jaime, concedió rico pendón a los tercios darocenses; méritos más que probados tenemos. Y si atajamos por el hecho milagroso, no olvidéis que las manos de que Dios se sirvió para obrar el prodigio, eran manos nacidas en tierra de Daroca. Mosén Mateo es de Daroca, y él debe llevarse a su tierra este don del Cielo. ¡Los sagrados Corporales sólo pueden estar en Daroca!
    D. GUILLEN. - En Valencia.
    MAZA. - En Calatayud.
    CELADAS. - En Teruel...
    D. BERENGUER. - (Imponiéndose a la discusión.) Caballeros... No disputéis por la posesión de tal tesoro. Sin tendencia a nadie, reconozco que todos poseéis méritos iguales para vuestras pretensiones, que juzgo muy naturales. Y, si pues el acuerdo amistoso no habrá de llegar, propongo que sea la suerte quien decida.
    D. GUILLEN. - (Tras una pausa.) Por mi parte...
    MAZA. - Ni hay otra solución...
    BLASCO y CELADAS. - Conforme, señor.
    D. BERENGUER. - Si es deseo de todos... hagamos suertes. (Tomando del suelo unas piedras.) He aquí cuatro piedras: una blanca y tres pardas. Sacaréis una cada uno, y quien lleve la piedra blanca, señal será de que entrará en posesión de la reliquia. (Guarda las piedras dentro de su casco.)
    CELADAS. - Veamos; yo primero. (Saca una piedra. Un silencio. Abre con sigilo su mano.) ¿Será... la blanca?
    MAZA y BLASCO. - ¡Es parda!
    D. GUILLEN. - No tuvisteis suerte. Intentaré yo. (Hace lo mismo que Celadas.) Parda... también.
    BLASCO. - Ahora vos, Maza.
    MAZA. - Hacedlo vos, Blasco.
    BLASCO. - Como gustéis. (Repite el juego. Al abrir la mano, la muestra a los demás.)
    LOS TRES CAPITANES. - ¡ ¡Blanca!!
    BLASCO. - (Entusiasmado.) ¡Para Daroca! ¡Triunfó Daroca!
    D. GUILLEN. - La suerte no indica justicia.
    CELADAS. - Creo que debimos usar otro procedimiento.
    D. BERENGUER. - Vos diréis.
    CELADAS.- Pues... pudiera ser... sacar una piedra cada uno, todos al mismo tiempo.
    MAZA y GUILLEN. - Es así más razonable.
    D. BERENGUER. - ¿Y vos, Blasco?
    BLASCO. - Si es conformidad de todos... paso.

    Se repite el juego anterior. Esta vez, todos sacan una piedra al mismo tiempo.

    BLASCO. - ¡Blanca!
    D. BERENGUER. - Se confirma la decisión. Los Corporales irán a Daroca.
    D. GUILLEN. - Insisto, a pesar de ello, que la suerte no debe jugar en este hecho en que la razón debe decidir. Valencia es dueña de este terreno donde se obró el milagro.
    MAZA. - Calatayud tiene una mayor parte en la batalla.
    BLASCO. - Tal es mi confianza, caballeros, que os ofrezco el desquite. Probemos suerte otra vez.
    D. BERENGUER. - Bello gesto el vuestro, Blasco. Si vuelve a vos, ya no será la suerte, sino un designio divino.
    CELADAS. - No opino tanto, señor. Aparte de ello, podemos ir otra vez en busca de la suerte.

    MOSEN MATEO llega por la derecha, pero se detiene sin ser visto, y presencia cl juego.
    Se repite nuevamente el juego, como la última ocasión.

    BLASCO. - ¡Daroca otra vez! No debéis ya tener duda. Ganado está el privilegio por tres veces de suerte y por la razón.
    D. BERENGUER. - ¿Existe en vos duda alguna?
    D. GUILLEN. - Sigo diciendo que no debimos dejar correr la suerte.
    CELADAS. - El orden de méritos de cada ciudad, es lo que debiera contar.
    M. MATEO. - (Presentándose delante del grupo.) El Señor os bendiga, caballeros.

    Los demás se vuelven sorprendidos al ver a M. MATEO.

    M. MATEO. - He conocido el fervoroso deseo de cada uno, por poseer esta evidente prueba de la bondad de Dios. Me complace vuestro afán, caballeros. Mas sospecho que de esta suerte, nunca llegaréis a un acuerdo.
    D. BERENGUER. - Tres veces se hizo la prueba, Mosén Mateo. Y no están ellos de conformidad.
    BLASCO. - ¡Las tres veces ganamos para Daroca!
    M. MATEO. - El favor de la suerte, no debe enorgullecernos tanto, Blasco.
    BLASCO. - No es una suerte vulgar, Mosén Mateo.
    D. GUILLEN. - Sigo pensando que Valencia los merece más.
    M. MATEO. - Si el milagro fue voluntad de Dios, que sea ésa su voluntad la que decida en esta cuestión.
    MAZA. - Conforme; pero ¿cómo?
    M. MATEO. - El Señor tiene infinitos caminos para hacer llegar su gracia a los hombres. Pregonemos su misericordia por todos los pueblos, y que comprueben una vez más el poder de su bondadosa mano. ¡Alabemos al Señor con mil preces de gratitud! Que recorra triunfal esta tierra que ha bendecido con su milagro.
    D. BERENGUER. - No entiendo claramente tales palabras, Mosén Mateo.
    M. MATEO. - Perdonad, señor; hablaba casi para mi interior. Pensaba que si Cristo mostró su humildad y sus bondades entrando en la Ciudad Santa sobre un pollino, siendo el más poderoso Rey, y de esta suerte sembró el júbilo con su paso, repitamos tal hecho. Que esta vez sea una mula la portadora de Cristo Eucarístico y sin que nadie la conduzca, lleve el celestial tesoro donde disponga la voluntad divina. Así, a su paso por los caminos de los reinos cristianos, volverá el júbilo a sus alborozados hijos.
    BLASCO. - ¡Acertada decisión!
    M. MATEO. - Allí donde la mula se detenga libremente, quedará por siempre la sagrada reliquia.
    D. BERENGUER. - Mosén, habéis dado solución a lo que parecía un conflicto. Conforme yo, ¿y los demás?
    LOS CUATRO CAPITANES. - Lo mismo.
    D. BERENGUER. - Pienso que, para que todo sea más sobrenatural, elijamos una blanca mula de la propiedad moruna, que nunca haya recorrido tierra cristiana.
    MAZA. - Bien pensado, a fe.
    D. GUILLEN. - Organicemos una solemne comitiva, con nuestros soldados y los sarracenos cautivos, como muestra del gran triunfo concedido por el Cielo.
    MAZA. - Calatayud costeará una valiosa arquilla para portar el misterio de los Corporales.
    M. MATEO. - Demos gracias al Señor, una y mil veces más, pues ha vuelto a iluminarnos para cumplir, según nuestro común deseo, su santa voluntad.
    D. BERENGUER. - Que el Señor nos proteja siempre.
    CELADAS. - Y nos prodigue su ayuda.
    BLASCO. - Que su mano nos guíe.
    M. MATEO. - Y nos bendiga desde lo alto, como yo os bendigo ahora.

    D. BERENGUER y los capitanes se postran de rodillas, mientras M. MATEO solemnemente los bendice.

    M. MATEO. -...en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

    Una música solemne los envuelve, mientras se hace el oscuro.

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