INDISPENSABLE
Escenario lo más largo posible y suficientemente alto, con varios micrófonos para recoger la voz en cualquier plano.COMPLEMENTARIO
A ser posible, completar el escenario con apliques convenientes.
D. BERENGUER. - No cabe duda alguna, que la victoria
la debemos a la ayuda del Cielo.
CELADAS. - Después del milagro, en
el segundo ataque de la morisca, nuestros soldados estaban llenos de una misteriosa fuerza
que arrasó al enemigo.
BLASCO. - Nuestro mosén, les
infundía gran ánimo desde lo alto del monte, mostrando los Corporales con las formas
ensangrentadas, ¡el milagro que nos dio la victoria!
D. BERENGUER. - Cierto es que la
segunda batalla fue, para nuestro ejército, más alagüeña que la primera. Merced a
ello, el castillo de Chio, es ya baluarte cristiano. Ya conocéis, caballeros, mis
órdenes para la ocupación y defensa del nuevo territorio conquistado. Sólo nos resta ya
poner esta nueva posesión a los pies de nuestro soberano.
CELADAS. - Nuestro Rey D. Jaime
sentirá inmenso gozo al conocer la nueva.
GUILLEN. - Si lo deseáis, puedo ir
yo a dar la grata noticia, como capitán que soy de los valencianos.
D. BERENGUER. - Lo tengo pensado de
otro modo. Se trata de un alto honor ser mensajero de la nueva a nuestro Rey. Todos
habéis sido merecedores de tal distinción, por vuestro arrojo en la lucha. Mas quiero
compensar con creces el servicio prestado en nuestra victoria por uno de nuestros más
leales caballeros. Por intuición y estrategia de D. Vicente Belbis, estuvimos prevenidos
del ataque moro. Por tanto, cedamos a él este privilegio.
LOS CUATRO CAPITANES. - Bien
pensado, señor.
D. VICENTE. - Señor..., ¿por qué
babéis puesto los ojos en mí? Más indigno que yo de tal honor, no lo hay en el
ejército cristiano.
D. BERENGUER. - Bien claro os
mostráis, D. Vicente. Sois merecedor de este mensaje a nuestro Rey. Sed vos quien le
lleve tan inmensa alegría. El triunfo y el milagro. Una satisfacción dada por boca de un
árabe, complacerá más a D. Jaime. De esta manera, quiero que desaparezca para siempre
el recuerdo de aquel Zery Abuzety, para que viva solamente el caballero cristiano D.
Vicente Belbis.
D. VICENTE. - (Emocionado.) ¡Mil
gracias, por tanto honor! Sabed que siempre estaré en deuda con vos y con la generosidad
de vuestros caballeros. Si me autorizáis, querría partir inmediatamente con mi grata
noticia para D. Jaime, mi Rey y señor.
D. BERENGUER. - Id con Dios, D.
Vicente.
Tras despedirse muy arrogante de todos, D. VICENTE sale por el lateral.
D. BERENGUER. - Caballeros, justo es que seamos
partícipes, con nuestros soldados, del descanso y la alegría que nos debemos por el
triunfo.
MAZA. - Triunfo, señor, que
debemos a un suceso verdaderamente milagroso.
CELADAS. - Señor, como recuerdo de
esta victoria, os pido para Teruel la cesión de los Corporales.
BLASCO. - De ninguna manera. Serán
para Daroca.
D. GUILLEN. - Caballeros; no
esperéis otra cosa. El sagrado paño debe quedar en Valencia.
MAZA. - A Calatayud es donde debe
de ir.
CELADAS. - Razonemos y midamos
méritos. Recordad que Teruel ha sido la ciudad más cercana al dominio sarraceno, por
cuyo motivo siempre estábamos en continua pelea con el infiel. Fuimos mil veces
castigados más que cualquier otro. Gracias a la tenacidad de Teruel, la morisca no pudo
avanzar a pueblos más lejanos para ampliar su poderío. Justificada está mi petición.
¡Los Corporales, para Teruel!
D. GUILLEN. - No olvidéis que el
hecho sucedió en territorio del reino de Valencia. Huelga toda discusión; lo que aquí
sucedió aquí se quedará. ¡Valencia recibirá y honrará perpetuamente los Corporales!
MAZA. - No opino lo mismo,
caballeros. Calatayud es la mayor ciudad de todas. Aportó grandes riquezas a la lucha
contra el infiel, y nunca ha regateado fuerzas para la reconquista. Nuestros Tercios han
sido siempre los más poderosos. Como pago a tanta generosidad... ¡Calatayud debe recibir
los Santos Corporales!
BLASCO. - Si como trofeo de guerra
tratáis a un milagro de Dios, tengo razones para reclamarlo para Daroca. El ser posible
esta victoria fue por el triunfo logrado en la misma Valencia. Sin vencer en Valencia, no
hubiéramos podido pretender el castillo de Chío. Por tanto, Valencia ha sido el camino
de nuestra victoria. Y, decidme, ¿quién conquistó Valencia? ¡Los Tercios de Daroca!
Ellos fueron quieres pusieron antes que ningún otro ejército, su triunfante bandera en
las torres de Serrano. Nuestro soberano D. Jaime, concedió rico pendón a los tercios
darocenses; méritos más que probados tenemos. Y si atajamos por el hecho milagroso, no
olvidéis que las manos de que Dios se sirvió para obrar el prodigio, eran manos nacidas
en tierra de Daroca. Mosén Mateo es de Daroca, y él debe llevarse a su tierra este don
del Cielo. ¡Los sagrados Corporales sólo pueden estar en Daroca!
D. GUILLEN. - En Valencia.
MAZA. - En Calatayud.
CELADAS. - En Teruel...
D. BERENGUER. - (Imponiéndose a
la discusión.) Caballeros... No disputéis por la posesión de tal tesoro. Sin
tendencia a nadie, reconozco que todos poseéis méritos iguales para vuestras
pretensiones, que juzgo muy naturales. Y, si pues el acuerdo amistoso no habrá de llegar,
propongo que sea la suerte quien decida.
D. GUILLEN. - (Tras una pausa.) Por
mi parte...
MAZA. - Ni hay otra solución...
BLASCO y CELADAS. - Conforme,
señor.
D. BERENGUER. - Si es deseo de
todos... hagamos suertes. (Tomando del suelo unas piedras.) He aquí cuatro
piedras: una blanca y tres pardas. Sacaréis una cada uno, y quien lleve la piedra blanca,
señal será de que entrará en posesión de la reliquia. (Guarda las piedras dentro de
su casco.)
CELADAS. - Veamos; yo primero. (Saca
una piedra. Un silencio. Abre con sigilo su mano.) ¿Será... la blanca?
MAZA y BLASCO. - ¡Es parda!
D. GUILLEN. - No tuvisteis suerte.
Intentaré yo. (Hace lo mismo que Celadas.) Parda... también.
BLASCO. - Ahora vos, Maza.
MAZA. - Hacedlo vos, Blasco.
BLASCO. - Como gustéis. (Repite
el juego. Al abrir la mano, la muestra a los demás.)
LOS TRES CAPITANES. - ¡ ¡Blanca!!
BLASCO. - (Entusiasmado.)
¡Para Daroca! ¡Triunfó Daroca!
D. GUILLEN. - La suerte no indica
justicia.
CELADAS. - Creo que debimos usar
otro procedimiento.
D. BERENGUER. - Vos diréis.
CELADAS.- Pues... pudiera ser...
sacar una piedra cada uno, todos al mismo tiempo.
MAZA y GUILLEN. - Es así más
razonable.
D. BERENGUER. - ¿Y vos, Blasco?
BLASCO. - Si es conformidad de
todos... paso.
Se repite el juego anterior. Esta vez, todos sacan una piedra al mismo tiempo.
BLASCO. - ¡Blanca!
D. BERENGUER. - Se confirma la
decisión. Los Corporales irán a Daroca.
D. GUILLEN. - Insisto, a pesar de
ello, que la suerte no debe jugar en este hecho en que la razón debe decidir. Valencia es
dueña de este terreno donde se obró el milagro.
MAZA. - Calatayud tiene una mayor
parte en la batalla.
BLASCO. - Tal es mi confianza,
caballeros, que os ofrezco el desquite. Probemos suerte otra vez.
D. BERENGUER. - Bello gesto el
vuestro, Blasco. Si vuelve a vos, ya no será la suerte, sino un designio divino.
CELADAS. - No opino tanto, señor.
Aparte de ello, podemos ir otra vez en busca de la suerte.
BLASCO. - ¡Daroca otra vez! No debéis ya tener duda.
Ganado está el privilegio por tres veces de suerte y por la razón.
D. BERENGUER. - ¿Existe en vos
duda alguna?
D. GUILLEN. - Sigo diciendo que no
debimos dejar correr la suerte.
CELADAS. - El orden de méritos de
cada ciudad, es lo que debiera contar.
M. MATEO. - (Presentándose
delante del grupo.) El Señor os bendiga, caballeros.
Los demás se vuelven sorprendidos al ver a M. MATEO.
M. MATEO. - He conocido el fervoroso deseo de cada
uno, por poseer esta evidente prueba de la bondad de Dios. Me complace vuestro afán,
caballeros. Mas sospecho que de esta suerte, nunca llegaréis a un acuerdo.
D. BERENGUER. - Tres veces se hizo
la prueba, Mosén Mateo. Y no están ellos de conformidad.
BLASCO. - ¡Las tres veces ganamos
para Daroca!
M. MATEO. - El favor de la suerte,
no debe enorgullecernos tanto, Blasco.
BLASCO. - No es una suerte vulgar,
Mosén Mateo.
D. GUILLEN. - Sigo pensando que
Valencia los merece más.
M. MATEO. - Si el milagro fue
voluntad de Dios, que sea ésa su voluntad la que decida en esta cuestión.
MAZA. - Conforme; pero ¿cómo?
M. MATEO. - El Señor tiene
infinitos caminos para hacer llegar su gracia a los hombres. Pregonemos su misericordia
por todos los pueblos, y que comprueben una vez más el poder de su bondadosa mano.
¡Alabemos al Señor con mil preces de gratitud! Que recorra triunfal esta tierra que ha
bendecido con su milagro.
D. BERENGUER. - No entiendo
claramente tales palabras, Mosén Mateo.
M. MATEO. - Perdonad, señor;
hablaba casi para mi interior. Pensaba que si Cristo mostró su humildad y sus bondades
entrando en la Ciudad Santa sobre un pollino, siendo el más poderoso Rey, y de esta
suerte sembró el júbilo con su paso, repitamos tal hecho. Que esta vez sea una mula la
portadora de Cristo Eucarístico y sin que nadie la conduzca, lleve el celestial tesoro
donde disponga la voluntad divina. Así, a su paso por los caminos de los reinos
cristianos, volverá el júbilo a sus alborozados hijos.
BLASCO. - ¡Acertada decisión!
M. MATEO. - Allí donde la mula se
detenga libremente, quedará por siempre la sagrada reliquia.
D. BERENGUER. - Mosén, habéis
dado solución a lo que parecía un conflicto. Conforme yo, ¿y los demás?
LOS CUATRO CAPITANES. - Lo mismo.
D. BERENGUER. - Pienso que, para
que todo sea más sobrenatural, elijamos una blanca mula de la propiedad moruna, que nunca
haya recorrido tierra cristiana.
MAZA. - Bien pensado, a fe.
D. GUILLEN. - Organicemos una
solemne comitiva, con nuestros soldados y los sarracenos cautivos, como muestra del gran
triunfo concedido por el Cielo.
MAZA. - Calatayud costeará una
valiosa arquilla para portar el misterio de los Corporales.
M. MATEO. - Demos gracias al
Señor, una y mil veces más, pues ha vuelto a iluminarnos para cumplir, según nuestro
común deseo, su santa voluntad.
D. BERENGUER. - Que el Señor nos
proteja siempre.
CELADAS. - Y nos prodigue su ayuda.
BLASCO. - Que su mano nos guíe.
M. MATEO. - Y nos bendiga desde lo
alto, como yo os bendigo ahora.
D. BERENGUER y los capitanes se postran de rodillas, mientras M. MATEO solemnemente los bendice.
M. MATEO. -...en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
Una música solemne los envuelve, mientras se hace el oscuro.